Esta visita de menos de nueve horas, la primera de un Papa en casi 500 años a este microestado mediterráneo de menos de 2 kilómetros cuadrados y de 39 mil habitantes, no movilizó a las multitudes esperadas de la vecina Francia o de Italia, pero permitió a la Iglesia de Mónaco mostrar una diversidad que va más allá de los clichés.
En el patio del palacio, a lo largo del recorrido del papamóvil y durante la misa en el estadio Luis II, los habitantes, aunque no fueron numerosos, aclamaron al Papa agitando pequeñas banderas amarillas y blancas o rojas y blancas -colores del Vaticano y de Mónaco-.
El pontífice estadunidense y con nacionalidad peruana llegó al principado mediterráneo poco después de las 9:00 horas tras un viaje en helicóptero desde Roma.
Fue recibido por el príncipe Alberto II y su esposa Charlène en el helipuerto de Mónaco, constató un periodista de AFPTV.
Posteriormente se dirigió al Palacio Principesco, donde, desde el balcón, pronunció un mensaje con un eco especial en este microestado mediterráneo conocido por sus casinos, sus multimillonarios y una rampante opulencia.
En un discurso en francés, la lengua oficial de Mónaco, el Papa criticó "las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos".
"Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido", añadió en línea con el discurso de su difunto predecesor Francisco sobre la justicia social.
Y en una clara referencia a los conflictos mundiales, criticó que "la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz".(La Jornada)